martes, 21 de octubre de 2008

EL AMOR QUE NO SE ATREVE A DECIR SU NOMBRE

Vivimos en un mundo en el que las formas tradicionales de vida se han fragmentado, y en el que, contrastando con la monotonía de los viejos tiempos, se están produciendo múltiples estilos de relaciones de pareja.
Matrimonio, conyugalidad, sexo, infidelidad, compromiso, exclusividad... son conceptos que es necesario redefinir.
La infidelidad puede ignorarse, reprimirse, malinterpretarse, pactarse, ocultarse, pero siempre existe.
Hay quienes han tratado de analizar el sufrimiento de las pobrecitas amantes, las otras, sintiéndose siempre secundarias y envidiosas de las esposas, viendo a ésta como un pedestal que recibe todo lo mejor del marido.

Ser la amante es muy complicado, y mucho más cuando dejas que te traicionen las emociones y comienzas a sentir cariño.

Ser la amante también es muy rico, porque solo te preocupas por quitarle la ropa, mientras la otra la lava y la plancha.

Es verlo en sus mejores momento, de verlo limpio, presentable, guapo y dispuesto para ti.

Ser la amante es delicioso, por que solo te toca disfrutarlo y no aguantarlo, se la amante es fabuloso.

Sin embargo implica irse convenciendo día a día que él no va a salir de vacaciones con nosotras.

Sin embargo, ser la esposa es patético porque significa compartir la playa y la vida familiar sabiendo que “su” hombre es infiel; es creer que con el mar vana a encontrar el reencuentro matrimonial, que ilusamente compartiendo tantas horas juntos se van reconsolidar como pareja.

Eso ya esta roto para ambos. Por un lado para él, que sigue y seguirá siendo infiel, si no es con una, será con otra. Por el otro lado para la esposa que sigue y seguirá haciendo oídos sordos y ojos ciegos a la realidad y seguirá soportando la infidelidad.

Finalmente el regreso de las vacaciones, significa también el regreso a su hermosa y aburrida rutina, el seguirá siendo infiel y ella seguirá fingiendo demencia.

En esos períodos de ausencia, las amantes algo molestas se encierran en su vida y se ponen a analizar lo que pasa con ellas, al punto en el que pueden llegar a demostrar que él no estará en las noches, que siempre seguirán viviendo solas, que ni a las fiestas, ni a ningún evento social irán juntos, y por las calles no podrán expresar, ni sentir, ni darse un beso por el temor a ser descubiertos; siempre furtivos, siempre fingiendo, toda la vida separados pero juntos, siempre comportándose como amigos en público, pero como amor entre las sábanas.

Algunas veces, los juegos del destino nos llevan a conocer a la esposa, y lo bonito de esto es saber que uno es más guapa, joven, inteligente, muchas cosas, y entonces entiendes por qué la engaña y te da algo de pena; lo bonito es que todo mundo te vea junto a él como una muñeca, y que ella parezca tan tristemente fea.

Ellas, las esposas se empeñarán precisamente en eso, en decir –“Yo soy la esposa”-; las amantes sólo diremos –“Mucho gusto, Señora”-. Y pensaremos y diremos y gritaremos para nuestros adentros –“Yo soy la amante de tu marido”-.

Quiero aclarar que ésta no es una inquietud moral acerca de lo que es correcto o incorrecto, porque eso es demasiado subjetivo y se relaciona con la escala de valores de cada una. Es algo más tendiente a dilucidar lo que nos hace bien o lo que nos hace mal, lo que nos nutre como mujeres y lo que nos lastima.

A veces nos autoengañamos diciendo -“está bien”-, -“es lo que yo elijo”-, -“así son las cosas ahora”-, cuando en el fondo inconscientemente sabemos que toleramos una situación porque es lo único que podemos hacer para tener a esa persona sin perderla. O es eso o no es nada. Y para sentirnos menos patéticas hacemos como que no pasa nada, como que no tiene importancia y como que está todo bien.

Esta situación, mientras dura, te puede parecer la gloria, un shock adrenalínico y deja subsistente un hilito de esperanza de que él algún día se de cuenta de cuánto nos queremos y de lo bien que nos llevamos y deje a la esposa. Y entonces ella pase a ser la dejada y nosotras pasemos a ser las esposas.

El problema viene el día después, cuando se termina todo o te cansas de recibir menos de lo que das y de lo que mereces como persona con sentimientos y no como objeto.

Porque el disfrute del amor, sexo incluido, comienza en el cerebro. Y a menos que una sea una tremenda masoquista, en algún momento se deja de sentir placer por una situación que no es gratificante ni afectivamente ni en otros sentidos.

Y si el placer se fuera como vino, sin dejar rastros, no hay problemas. Pero cuando terminas una situación como ésta el sentimiento que queda es desilusión, amargura, sensación de haber sido usada y de haber perdido tiempo, odio por la persona que te utilizó, cuestionamientos de por qué alguien te puso en un nivel inferior a otra, y todo otro tipo de rencores que te van a predisponer mal, en el futuro, para conocer a otros e intentar nuevas relaciones con la cabeza despejada y el corazón sanado.

El amor es fácil y tiene cuatro variantes: te quiero y me quieres, te quiero y no me quieres, me quieres y no te quiero, o no nos queremos ninguno de los dos. Todo lo demás sobra.

¿Cómo sé en qué lugar estoy? Fácil, si lo quiero saber. Si quiero engañarme porque no puedo vivir con la verdad, lo haré.

Quien alguna vez amó y fue amado de verdad, sabe que no hay obstáculo que se interponga para que dos personas que se aman pasen TODOS los días de su vida juntos.

Si quiero vivir con lo contrario, soy libre de hacerlo, pero me debo atener a las consecuencias.

Una de las cosas que no podremos nunca controlar respecto a nuestro casado infiel es aquello que él está dispuesto a entregar en la relación: el casado elige, y tú, o aceptas, o aceptas, no existe otra opción.

Pero lo que siempre puedes controlar es lo que tú le vas a dar a él. Dale a tu casado lo que él te da, nada más.

¿Quieres darle tu amor eterno y tu entrega incondicional? ¿Quieres serle fiel, quedarte en casa esperando a que él te llame, amarle por encima de todas las cosas? Tú sabrás. Pero no esperes que todo ese dechado de bondad, amor y entrega se vea recompensado.

No des nada más allá de lo que él te da. ¿Amor y pasión cuando está a tu lado? Reserva siempre ese trocito de amor y pasión para dárselo cuando él te lo esté dando. ¿Citas prohibidas y mágicas en hoteles clandestinos? Resérvate ese espacio en tu agenda. ¿Una cena con su mejor y más apasionada sonrisa? No olvides llevar a esa cena tu mejor y más apasionada sonrisa también.

Sé lista, sé cauta, sé más hábil que él: prótegete siempre del dolor de la fantasía y la ilusión rota, de la esperanza perdida, de la espera sin respuesta. Es un hombre casado, que te adora, que te desea, que te ama probablemente de manera irracional y alocada… pero está casado y él no va a darte nada más.

Así que conviértele en tu amante. Y mantén siempre la única relación que te durará toda la vida, esa que nunca te ha de fallar: la que tienes contigo misma.

La amante no vestirá de blanco delante de un altar con el amor de su vida. Pero subirá a los altares del cielo cada vez que él, enamorado, huya del lado de su esposa y la abrace como si le fuera la vida en ello.

Y sabrá que cada llamada es auténtica, es real, es deseada.

Que cada “te amo” le sale del alma.

Que cada escapada es una aventura maravillosa.

Y sobre todo sabe que aunque él no quiera cambiar de vida, no ha sentido amor más real y menos social que el amor que le demuestra en cada gesto y en cada palabra.

La amante no tiene que ser la única en la vida de un hombre, tiene que ser la mejor.

La amante es capaz de amar incondicionalmente…mientras dura y algo más.

La amante es la mujer más valiente y desinteresada que existe.

La amante es que sin comprometerse con un hombre lo ama y daría todo por él.

La amante es el amor que no se atreve a decir su nombre…

¿De verdad se cometen los más grandes errores en nombre del amor?

Salu2!!!

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